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Parece que están de moda los rinconcitos orientales en Bogotá y eso da alegría: ver negocios pequeños con un aura tradicional. Sin embargo, este sitio es menos de lo que se anuncia en las halagadoras reseñas de prensa. El ramen es definitivamente inferior al de otros similares en la ciudad, que ofrecen al mismo precio una sopa mucho más exquisita y con mejores ingredientes. La pasta de trigo se parece demasiado a la insulsa que sirven en restaurantes de cadena dedicados al mismo tipo de comida. (No innoven tanto con un plato que ya es perfecto en su versión original). Eso sí, sube un punto por la calidad de los panecillos coreanos que se sirven de entrada: son deliciosos, una unión de sabores agridulces y de verduras frescas que son la estrella. El postre de guayaba también muy rico, una mixtura. Para mí que este restaurante debería centrarse en servir tapas orientales, platos pequeños que le lleguen a la gran audiencia, y no concentrarse en un solo producto (el ramen) que hacen bien, pero que no se acerca a la perfección que se prueba en otros sitios.

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