Debido a mis ancestros libaneses, he comido esta clase de comida toda mi vida (66 años) y doy fe de que, hasta ahora, este restaurante tiene el mejor sabor de la ciudad. El quibbe crudo es espectacular, lo mismo que las berenjenas rellenas. Los tahines son excelentes. Los indios también. Es decir, todo lo que comimos (éramos 3) estuvo magnífico. El mesero se desvivió por atendernos de lo mejor. La mesa en el segundo piso fue bastante apropiada. Me hizo falta el postre favorito: mahalabille. Es como un flan con aroma y sabor a azahar.
